Be empinó la petaca de whisky hasta que la última gota cayó sobre su lengua desplegada. El viejo abrió las manos como diciendo “se acabó nomás”. Be tiró la botellita a un costado y miró a través de la ventana hacia la noche.
El viejo era el encargado del edificio y en su departamentito en la terraza se reunían, desde hacía un tiempo, a tomar y hablar. Los dos vivían solos y estaban solos. Emborracharse juntos, que la primera vez le había resultado a Be un poco deprimente, comenzaba a ser algo que disfrutaban de verdad.
-Puedo volar –le dijo Be, con la vista aún perdida en la oscuridad del cielo.
En realidad, podría decirse que todavía no se conocían demasiado. Sólo se habían contado, hasta ese momento, unas pocas cosas de la historia de cada uno. Así que el viejo no se extrañó demasiado por no entender el comentario.
-¿Qué? –le preguntó-. ¿A qué te referís?
-A que puedo volar. Volar –Be le hizo el gesto de mover las alitas-. A veces, de noche, vuelo sobre la ciudad. Sobrevuelo todo y veo. Veo lo que pasa en las casas, veo a la gente.
-A ver…, vos lo que me estás diciendo es que eso te lo imaginás, que te ponés a pensar en la gente, en lo que hace cada uno allá abajo...
-No, José –lo interrrumpió Be-. Lo que te digo es que vuelo. Tengo el poder de volar, de volar de verdad. Sos el primero al que se lo cuento, dale las gracias al wiskhy.
El viejo trató de despabilarse. Los tragos lo tenían medio mareado y el rumbo de la charla le exigía un esfuerzo. Aún así, si hubiera quedado un poco, hubiera echado otro trago, la ocasión lo merecía por demás. Miró de reojo la petaca vacía, tirada al lado del sillón, y pensó en la botella de vodka que quedaba en la alacena. Pero para eso había que levantarse, y no creía estar en condiciones.
-Be…, si estás pensando que estoy tan borracho como para tragarme semejante pavada…
Pero Be permanecía serio y su mirada, que no se apartaba de la del viejo, no mostraba señales de ansiedad por convencerlo de nada.
-Mmmhhh, -masculló el viejo al darse cuenta-. Hermano, eso de volar son cosas que se le ocurren a los chicos, ¿viste?, pero vos sos grande. -Hizo una pausa, pero Be no habló-. Entonces es que estás un poco loco, me parece.
- Oíme bien, puedo ver, escuchar y entender. De noche, cuando vuelo, comprendo cosas de las que ni me doy cuenta durante el día. A veces comprendo, de una sola mirada, cosas enigmáticas u ocultas desde hace mucho. A veces entiendo cuestiones ajenas. No me mires así. Volé muchas veces, saliendo de esta misma terraza, mientras vos dormías, después de haber estado juntos tomando unos tragos.
-Oíme vos, macho –el viejo se inclinó hacia delante, tratando de no errarle a las letras, porque era importante sonar serio. El catre, sobre el que estaba echado, chirrió-. No siempre me duermo cuando te vas. Muchas veces me quedo despierto para ver qué hacés. Vos te preocupás por mí, que vivo solo en este departamentito en la terraza, yo me doy cuenta. Venís a charlar y a chupar, pero también a ver cómo estoy, ¿no? Y yo me preocupo por vos, que vivís solo, metido en tu departamentito dos pisos más abajo y que te quedás agarrado de esa baranda, medio en pedo, cuando pensás que yo me dormí, también medio en pedo. Yo estoy un poco viejo, pero me alcanza todavía para vigilarte que no te matés. Te veo muchas veces agarrado de esa baranda, hermano, y siempre me da miedo de que te tirés. Pero creeme que nunca saliste volando, por suerte. Nada más te quedás ahí parado, con los ojos cerrados, un rato largo. Ahora veo los disparates que se te ocurre pensar en esos momentos –el viejo meneó la cabeza-, menudos pedos te agarrás, ¿eh? Pero no, nunca duermo cuando te quedás ahí afuera. No me duermo hasta que te vas de la terraza.
-Veo todo –retomó Be, como si no hubiera escuchado nada de lo que había dicho el viejo-. Vuelo sobre el silencio de la noche y veo un nene tironeado por la correa de su perro bóxer, y veo una mujer que entra a la calle por la esquina, feliz con su bebé en brazos, con una sonrisa desprovista de todo lo demás, mientras una paloma desciende entre las mesas de un bar con un aleteo tenue, sin llegar a posarse. Puedo seguir segundo a segundo su aleteo, ¿me entendés? La mujer sonríe, el perro tironea y da saltitos, la mujer sigue sonriendo y camina hacia el bar. Atrás aparece el marido, contento, la paloma desciende aún entre las mesas y una brisa refresca todo mientras la luna nadie sabe dónde está. Salvo yo, que la veo cuando vuelo muy alto hacia la profundidad del cielo. La veo y a veces me tiento con seguir y seguir hasta perderme en ella, hasta dejar que me trague.
Be hizo una pausa y el viejo miró hacia la alacena, como en un intento de ir a rescatar el vodka. Pero el viento abrió de par en par la ventana y Be, atraído ahora por una visión más amplia del cielo, continuó.
-De noche hay como una música sobre la ciudad, que no siempre es buena. A veces es dolor y a veces es oscura, una mancha que no me deja ver más allá. Pero en seguida me doy cuenta de dónde proviene: una familia de cuerpos que duermen mientras su dolor flota y emana por las ventanas de la casa como una neblina de barro y cenizas. Y mientras la nube mantiene su férrea oscuridad, la ciudad hace luces y sombras, y por las calles se desplazan autos y por los cielos otras almas que también viajan, como yo. Y hay zonas de alegría que huelen a verde mojado. Como la mujer que ríe y se aleja, por ejemplo. Como la paloma que picotea y el nene que acaricia al perro. Los árboles mueven sus ramas, la noche gira sobre sí misma y yo, a veces, perdido en mi travesía, recuerdo la terraza y busco regresar.
El viejo se había parado y servía dos vodkas. Calientes, nomás, porque el hielo se había acabado. Estás reloco hermano, pensaba.
-Pero el vuelo es cierto, -prosiguió Be, como si hubiera escuchado el pensamiento de José-. Vos me ves ahí parado junto a la baranda, pero es sólo mi cuerpo. Yo estoy más allá, volando. Y lo que veo lo veo con mi alma que vuela, efectivamente, sobre la ciudad. Si algún día me ves caer, no es que me tiré, es que no volví.
Be dejó de hablar y José, el viejo, se quedó mudo con el vaso en la mano. No era momento de decir nada, pensó. Era mejor escuchar a su compañero, pensar, tratar de entender. Hasta el día de hoy no me había parecido que Be fuera ningún loco -se dijo mientras echaba un trago-.
Be se levantó y apoyó una mano en la pared para no caerse. Después, al sentirse más estable, encaró hacia la terraza.
-Vení, vamos afuera –le dijo.
-¿Afuera? Macho, no estarás pensando en hacer alguna pelotudez, ¿no?-.
-No. Vení conmigo.
Salieron a la noche. El viejo miró la terraza vacía y luego la oscuridad del cielo. Unas estrellas prendían y apagaban su brillo y a José se le antojó que otros seres los llamaban desde planetas lejanos. Miró entonces a Be, mientras caminaba a su lado en dirección a la baranda, para comprobar que no se hubiera dado cuenta de las boludeces que ahora a él mismo se le ocurrían.
El murmullo de la noche crecía a medida que se acercaban.
-Agarrate con las dos manos y cerrá los ojos, le dijo Be.
El viejo le hizo caso.
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