“ -Mark, no has encontrado la explicación, ¿verdad?” Mark asiente, la mirada fija en mis ojos, su mano derecha sobre el jarro de cerveza, una inconfundible expresión de estupor en su rostro. Acaba de regresar de Soñada, la ciudad de la cual ningún recuerdo puede guardarse. Cada día en sus calles, cada imagen, cada palabra, cada aroma, cada sonido se torna irrecuperable al abandonarla, encontrándose el visitante con el vacío en el lugar de la memoria y con una confusa angustia, en lugar de palabras. Y al no encontrar las imágenes, los sonidos o las voces correspondientes, Soñada se pierde en la imposibilidad del recuerdo.
Pobre Mark, ya nomás verlo acercarse lo adivinamos: esta vez tampoco ha conseguido saborear la silenciosa calma del enigma develado. No ha retenido huella ni señal alguna que le permita, al menos, rasgar el misterio. Sólo conserva la certeza de haber llegado a las puertas de una ciudad nunca antes vista, con el gran arco de entrada esperándolo al final del camino, antes del arribo, y con enormes murallas a sus espaldas, al comenzar a alejarse para dejarla atrás. Jura y perjura su entusiasmo al admirarla, dispuesto a ingresar, y se obsesiona con la certeza de haber adelantado el primer paso para hacerlo. Yo mismo, si bien sospecho haberla visitado, al igual que Mark, no la recuerdo.
- Pero, ¿cómo puede ser que tú, y yo, siempre ávidos de contemplar nuevas gentes y lugares, hayamos dado la espalda, hayamos dejado atrás esas hermosas murallas, que no recordábamos haber traspuesto?
Mark Philippoussis eleva ambas cejas, sorprendido. Mira en derredor, la gran plaza está llena de gente de paseo (rostros conocidos, la mayoría), las voces se mezclan con los colores de las túnicas, con el aroma de las carnes guisadas, con los jarros de vino.
-¡Es verdad! De acuerdo con mi temperamento, no dudo que, en tal situación, habría regresado hasta el portal de entrada una y otra vez. “
–Es lo que pensé, Mark, - me inclino hacia delante y lo tomo por un brazo- ¿cómo es posible entonces que no estemos aún y por siempre allí, en torno a los muros, rumbo a la entrada? ¿Cómo es posible que no estemos en su interior, disfrutando de sus patios y comidas, compartiendo momentos con lugareños ya bien conocidos merced a las sucesivas y numerosas visitas? ¿Por qué no estamos luego otra vez fuera, entusiasmados frente a su portal, con la alegre ilusión de ingresar por vez primera a una ciudad desconocida?
Philippoussis se echa hacia atrás en la silla y mira hacia ambos costados, como quien busca con ansia una explicación o una salida. Yo, por mi parte, apuro lo que resta en mi jarro y hago señas de que vuelvan a llenarlo. Durante un rato, bebemos en silencio. Por fin, junto a un último trago de cerveza, creo comprender.
-Amigo, no sé cómo querrás tomarlo, pero creo que la única respuesta posible es que estamos dentro.
Mark se revuelve en su silla.
-Pero, André, ésta no podría ser Soñada, aquí están nuestras familias, nuestra historia, nuestros amigos (mira, allá va Goran, como todos los días, rumbo al predio olímpico). Es la ciudad en la cual nacimos.
–Sí Mark. Pero si ésta, nuestra ciudad, no es Soñada, ¿por qué estamos nosotros ahora aquí y no en ella, atrapados sin retorno por el deseo de ingresar? Considéralo, Mark. Al salir de nuestra ciudad, llevados por la ilusión del peregrinaje, y una vez traspuestos sus límites, la vemos a nuestras espaldas, pero ya sin reconocerla, tomándola por una ciudad nueva y desconocida. Entonces, plenos de entusiasmo, giramos en su dirección y atravesamos sus puertas..., para encontrarnos otra vez aquí, en nuestro hogar, con la extraña sensación de regresar de la nada. ¿Te das cuenta? (mi voz se acerca a Mark), no es posible irse de una ciudad como ésa..., a menos que uno abandone el deseo de conocerla.
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