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domingo, 2 de enero de 2011

El Niño, la Tía, el Vidrio y el Tiempo

Durante mi infancia solía pasar muchas tardes en casa de mi tía Hilda, en Palermo. Planta alta, sobre un local, en la calle Guatemala. Quiero contarles, sobre todo, acerca de uno de esos días en particular. Era el mes de Noviembre de 1963. No hacía demasiado calor. Por la ventana de la cocina, que daba a la terraza, entraba el sol. En el recuerdo encuentro mucho silencio. Mi tía, el bol lleno de masa, un televisor con antena portátil, alguna olla hirviendo. Pero de fondo, el silencio. Casi con seguridad era el momento de la siesta. Sus manos llenas de harina y pasta, trabajan en la preparación de una de mis comidas preferidas por entonces: los ñoquis. (Oh!! Ya hace tiempo que no lo es; acabo de darme cuenta). Un noticiero en blanco y negro: “Fue asesinado John F. Kennedy, presidente de los Estados Unidos...” El niño que yo era mira la pantalla. Reflejado en cada rectángulo de la ventana, de vidrio repartido, vemos al hombre a punto de morir y la espalda de Hilda: dos líneas de transpiración. El niño, de cuatro años, parece aburrido o ausente. Pero no. Sólo esta allí, observando. La tía ha dejado de amasar, su atención es atrapada por la noticia. La cadera, apoyada contra el borde de la mesada, parece hincharse por encima. “...en las calles de Dallas. La multitud lo saludaba con alegría cuando...” El niño mira hacia la ventana. Se detiene en uno de los rectángulos. Allí está ella, la tele y él mismo. Sentado sobre un extremo de la mesada, contra la pared. Atrapado, quizá por primera vez, por el siguiente fenómeno: al mirar uno de los rectángulos de vidrio, desde su posición, bien de costado, descubre que éste contiene las imágenes de todo el ambiente en el que se encuentra. Ladea la cabeza acercándola al plano de la ventana para ver un poco más profundo. Es sorprendente. El vidrio, a su vez, lo observa. Le agradan su silencio y curiosidad. “ Nos parecemos un poco. Mira las cosas. No habla. Claro que yo hace mucho que veo todo en este lugar” ¿Y quién sabe o sabrá el tiempo completo de su existencia? Podría conocerse, quizá, por la suma de sus reflejos. “Pablo allí sentado me recuerda algo, pero no sé qué...” Deja de atender lo que sucede afuera y se empaña un poco. Busca en su memoria. Se concentra: le parece encontrar un grito. Mientras, Kennedy saluda por enésima vez antes de ser asesinado. “Un francotirador apostado en la terraza de un edificio lindero efectuó los...” El niño. “ Todas estas cosas están en la ventana. Y otras que van a pasar, cuando vengan a vivir otras personas... .” El dedo índice de Hilda, lleno de pasta y flotando en el aire, apunta hacia la pantalla. - Es mágico... -. La cara de John F. en primer plano, es una mueca de dolor. - El goce es mágico, dice Hilda, no existe en el tiempo-. Pablo y el vidrio la miran extrañados. La pasta de los ñoquis descansa en su recipiente, contenta de que por el momento se hayan olvidado de ella. Pablo busca, en el vidrio, el reflejo de Kennedy. Tía Hilda baja el dedo: – En el miedo sí hay tiempo. Es casi lo que más hay -.




II

Cinco años después. La misma casa. Me encontraba en la terraza, jugando con una pelota que fue a parar al techo de la cocina. No había escalera, así que comencé a trepar por la ventana, afirmándome en los marcos. Primero un pié. Luego, en uno que faltaba el vidrio, la rodilla. ¡Ay! Un rayo de dolor. La sangre corría por mi pierna desde el corte, provocado por un resto de vidrio. Me dejé caer, abandonando el intento de alcanzar el techo. Veo entrar a mi tía en la cocina. Sangre, llanto. Corre hasta donde estoy. – ¿Qué pasó? ¿A ver? ¡Uh, hay que ir a que te cosan! Las lágrimas distorsionan la visión. Pablo observa su reflejo en la ventana. Y la mesada. En la tele están pasando el noticiero. Se seca las últimas lágrimas con la mano. -¿Qué fue eso que dijiste aquella vez? Hilda está seria. Le ajusta una venda. -¿Qué cosa?-. – Lo del tiempo. Cuando lo mataron a ese presidente-. Ella piensa un segundo. – Mi amor, tenemos que irnos. No sé de qué me hablás. Después vemos-. El se toca la venda. “Cuando duele sí que hay tiempo” -Tía, no se me pasa-.

III

El vidrio deja que afloren juntos todos aquellos recuerdos. Pablo a los cuatro y a los nueve años. Hilda, que ya no está. Como frente a un espejo, el vidrio se ve en el pasado, esa tarde de Noviembre, cuando intentaba rescatar de su memoria un grito de dolor. El sonido se vuelve más preciso. La escena también. La muerte de Kennedy. Pablo de cuatro años sentado sobre la mesada. Hilda preparando los ñoquis. “¡Ay!” “Sí, es la voz del niño la que recordé ese día, en el cual no la pude identificar.” Piensa un poco más. Se conmueve al descubrir algo: “¡Ese grito ocurrió cinco años después, cuando se lastimó la rodilla!” Esto es muy extraño. El vidrio conoce su virtud de atesorar imágenes y sonidos del pasado. Pero aquella tarde había “recordado” un grito... ¡que ocurriría cinco años después! “¿Es que contengo no sólo el pasado, sino también el tiempo por venir?” “¿Será que aquí, donde siempre estuve, me encuentro situado en medio del todo?”

IV

No sé quién vivirá por estos días en la casa de la calle Guatemala. Hace poco fui, después de muchos años. Me quedé un rato frente a la puerta. Mirando en dirección a la cocina, que no se ve desde la calle, para sentir un poco de tristeza. Hoy, al escribir esto, creo haber entendido a qué se refería mi tía. “El goce es mágico. No existe en el tiempo” Ella estaba pensando en lo que había sentido Kennedy al recibir los disparos. Una sensación intensa, completa, casi desprovista de nombre. El goce. El pensamiento interrumpido por la sorpresa. Y el tiempo, por la ausencia de pensamiento.
También, con los años, comprendí la razón por la cual se mata a un presidente. Y que la sangre en algún momento se detiene. Y, por último, que para salir del tiempo no hace falta que me peguen tres balazos.
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