Verónica trabaja en su estudio, entre el aire silencioso y el sonido apagado y preciso del golpeteo de sus dedos sobre las teclas de la computadora. Sentada en el sillón de siempre, de cuero negro, ajusta los últimos detalles de un informe que debe presentar esa misma tarde. Los escasos elementos sobre el escritorio, una lámpara cromada, una agenda electrónica, un celular, dos lapiceras plateadas, un anotador y su sello de abogada, esperan el requerimiento de Verónica en perfecto orden.
-¿Cuánto tiempo dura una cuadra, Verónica?
Verónica abandona por un momento el brillo de la pantalla y lo mira sin entender. A sus espaldas, las elegantes cortinas enmarcan la transparencia del ventanal. Ya lo suponemos, ni una mota de polvo interrumpe la alfombra, que cubre el piso en toda su extensión. No podrá terminar lo que había empezado, no hay manera. Daniel se ha presentado sin previo aviso y no mantiene el silencio que ella le pide, para poder terminar, al menos con el documento que tiene en proceso.
–A ver, Daniel, no tiene nada que ver, qué hacés acá...?
–Que cuánto duran tus piernas, que cuánto duro yo entre tus piernas, mi boca y mi tiempo en tu piel, que cuánto dura beberte, tomar mi alimento.
Aquí y allá, un poco de verde: las plantas justas, bien distribuidas. Inquieta, Verónica desvía su mirada en dirección a la calle. Allá un parque, con gente que pasea; personas, nada más. Unas figuras, todo correcto.
-¿Qué son esas cosas que decís? ¿Qué alimento? ¿De qué carajo hablás, Daniel? Por favor, otra vez... No puede ser que te metas acá en mi estudio. Estoy trabajando.
Ay, Verónica ha olvidado su infancia. Cuando de espaldas sobre la tierra, a los doce años, mirando la noche, se preguntaba por el espacio. Y no había nada, nada, señalado de antemano. Veo la esfera del planeta tierra en eterno viaje y la nena que vuela en él, con el asombro de sus ojos oscuros sobre la piel blanca. Nadie en el pasto junto a ella; nadie, salvo la noche y un cosquilleo desde el estómago hasta las estrellas. Cuánto dura una cuadra, Verónica. El tiempo retumba contra los árboles, las piedras y los cuerpos.
–No se puede pensar, Vero. Qué gracioso, eso es lo más real que se me ocurre. Te ofrezco tratamiento.
Ella escucha callada. Mira otra vez la pantalla, cree en otras cuestiones.
-Vos dame el tuyo, tu agua curativa. Pero no en esta oficina.
¿Y por qué no en la oficina? El espacio no define lo primario, no elige qué contener. Podría ser ese mismo el lugar indicado para que Verónica olvide, por fin, las palabras.
–Me diste el agua tibia y ahora te querés olvidar. Vero.
El quiere darle el recuerdo y restregarse una vez más en lo que necesita.
–Pará, dejame pensar. Acá no es el lugar. Hablamos esta noche.
En verdad, no tiene qué pensar. El lugar en sí no existe. La noche, esta noche, tampoco. El se levanta y ella también. Zumba la computadora.
–Andate.
El lleva su mano hacia ella, por dentro. Verónica, tensa, no se retira. El cierra los ojos, siente que empieza a perderse. ¿Perderse de quçe? ¿Se pierde de una razón, de ese lugar, de esa hora? ¿De la propia conciencia, de su verdad?
Verónica decae. El no deja de tocarla; su mano la debilita y la sostiene. Puede decirle, ahora que su debilidad la revela pequeña; no sabés nada, Vero, una cuadra dura el tiempo que una luz la recorre y nos deja verla; o la eternidad durante la cual no hemos pensado en ella; o el lapso (¿minutos, horas, años, una vida?) que demora un chico en caminarla, hasta alcanzar una de sus esquinas, para desaparecer.
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