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domingo, 2 de enero de 2011

El pueblo de la laguna

En medio del campo, muchos kilómetros al sur de las sierras, entre los pastizales, junto a un gran espejo de agua, se descubre el cadáver de una ruta.
Se cuenta que alguna vez hubo allí un pueblito alejado de todo, crecido a la vera de una incipiente laguna. Casi no había forma de llegar a ningún lado, de modo que la inauguración de la nueva ruta dio lugar a una gran fiesta. Un coche-altavoz pasaba música y voceaba, entre canciones, la puntualidad municipal en terminar la obra. Se dieron cita pobladores, curiosos y viajantes. Paseaban por ella a pie, en carros, caballos o camionetas, sin hacer caso al calor, mientras comían tortas fritas y tomaban vino o gaseosas.
En los pueblos suelen escasear las novedades, así que, en los primeros tiempos, a la vera del nuevo camino, junto a sus escasos árboles, se tomaba mate, se pateaba una pelota y hasta se besaban, ajenos al tiempo, los enamorados.
Después el agua comenzó a crecer sin pausa. Los conocedores informaron que la laguna era un ojo del lejano océano, el extremo final de un largo tentáculo de agua salada. Con la inundación se fue la gente y llegaron las aves; la buena tierra se transformó en barro y el aire seco en humedad y mosquitos. El agua lo anegó todo.
Aquellos más apegados y melancólicos permanecieron en su pequeña patria. De uno u otro modo, aquí es donde habremos de vivir y morir, se decían.
La ruta se ha dejado quebrar por el tiempo y se ha vuelto tierra. Apenas sobrevive entre los yuyos y los pastos. Pero si se la sigue paso a paso, se la ve descender en medio de las aguas quietas. Y cuando la luna está grande, bajo la superficie del agua, bañado por reflejos y penumbra, puede adivinarse el viejo caserío.
Hay quien jura que en las madrugadas se escuchan voces, guitarras, tintineo de botellas y algarabía, allá abajo, en el pueblo del fondo de la laguna.

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