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domingo, 2 de enero de 2011

El camino al cementerio

Yo pensaba que la cárcel era peor. A uno siempre, antes de conocer, le parece que estar encerrado no se soporta. Pero, la verdá, se está tranquilo. A la mañana me levanto sin nada que me apure, sin nadie que me hable, me pida cosas o me diga lo que tengo que hacer. La ventanita con barrotes da hacia el campo, se pueden ver las casas, los árboles y los sembrados linderos a los lugares por los que yo andaba. Es una celda para mí solo, cuatro paredes, un colchón y me traen de comer cuatro veces al día, já. Eso sí, hace mucho calor, el aire no se mueve y ni siquiera se asoman los bichos entre las grietas del techo. En mi casa al menos había un ventilador.
Yo no tengo problema, que se tomen el tiempo que quieran. Ese cadáver que buscan, les dije que miren atrás de la casa del viejo, entre el trigo. Tuve que decirles que fueran a mirar ahí, si no, no me dejaban tranquilo. No sé por qué están tan seguros de que yo lo hice. Que sospechen también de él, del viejo.

Hacia el oeste hay un camino polvoriento, más vale un sendero. Sale del pueblo por un costado, pasa por el cementerio y sigue hasta terminar en la quema. Lo bordean árboles altos. Incluso desde la celda se pueden ver sus copas frondosas, que dan mucha sombra en verano. El camino lleva solamente a esos dos sitios, pero si uno se va para la izquierda y camina un poco llega a la casa del viejo, un rancho aislado y medio perdido, ahí por donde ralean las chacras y empieza el campo.


Las calles del mediodía habían sido despojadas de vida por la fuerza de un sol que brillaba sereno, como si nada hubiera ocurrido. La señora cruzó con pasos cortos y ligeros, los labios apretados, la vista clavada en la vereda. Con una mano se sostenía el cabello, que se le venía a la cara. Llegó a destino y tocó el timbre. La puerta se abrió y allí, claro, estaba la madre. Que quiso decir buenas tardes, pero no la dejaron.
–¿Está su hijo?, preguntó, sin siquiera saludar.
(Yo soy el hijo. Atento, en mi cama, a través de la puerta cerrada.)
-No, no está, ¿qué pasa?
(Mamá no le quiere decir que duermo a esta hora)
-¿Y mi hija? ¿Está con él? ¿Usté la vio?-.
El mechón le tapa el ojo derecho, se aguanta el llanto y escupe la voz como puede. El hijo escucha inmóvil entre las sábanas, en su cuarto de paredes peladas donde nunca ha colgado alguna cosa, ni siquiera un espejo.
-Dicen que ayer la vieron con él. Por allá atrás -señala con el brazo hacia el campo, sin dejar de mirar al frente.
-Yo no sé (mi madre suena asustada). ¿Por qué, pasó algo?-
–Que mi hija no vino, desde ayer que no vino -responde la otra madre-. ¡Traigaló a ése, su hijo, mejor que lo traiga ahora mismo! –dice, mientras se sacude las lágrimas-. -¿O no sabe que ya una vez que estuvo con él la nena me volvió toda golpeada?
(La ventana, me tendría que escapar por la ventana. Mentira que la golpié, yo no hice nada, a ella le gustaba… ¿Y cómo que desde ayer no volvió? Si yo la dejé ahí donde estábamos, toda blanda, relinda, pálida, tirada entre el trigo.)
-¡Cállese! El hijo mío qué va’cer si nunca se trata con nadie, ¿no sabía usté? Yo que sé (mi madre está a punto de llorar), busquenlá, ya les va a aparecer –dice, mientras las lágrimas le saltan y se ladea para cerrar la puerta-. Vuélvase a su casa; esa chinita suya, también..., vaya a saber en qué anda -le masculla por lo bajo, mientras se seca unas lágrimas con el dorso de la mano y mira, de costado, la habitación del hijo.
-¡Escondaló si quiere, que voy a venir con la policía!
Una madre se encierra en su hogar; sus ojos ni se atreven a mirar hacia el cuarto del hijo. La otra, en la calle, encara el pueblo en busca de ayuda.
Puerta del cuarto cerrada. Silencio. Se queda quieto, abrazado a la almohada y con la cara contra la pared, como dormido, por las dudas. Prefiere ni salir a almorzar. Si no me ve, mamá no se va a animar a entrar acá a preguntarme nada. Mejor dormir.


Otra vez el timbre. La mano angustiada de la madre toma el picaporte.
-¿Qué es lo que está diciendo?, -pregunta, desencajada, frente a la puerta de calle abierta a medias, con el repasador en la mano y los cabellos pegados a la frente por la transpiración. Como si no fuera suficiente con el calor del verano, una nube de vapor la sigue desde la cocina, donde hierve el agua de los fideos; ya falta poco para almorzar.
-Su hijo, señora, calmesé, se tiene que venir con nosotros a la comisaría, está acusado de homicidio.
Salgo de mi cuarto a comprobar lo que oí. Mi madre, pálida, me mira para que le diga algo. Pero no abro la boca, qué le voy a decir. El policía me agarra el brazo y me lleva a la vereda casi alzado, como si yo fuera un extraño, como si no me conociera de acá del pueblo, como si no nos cruzáramos por la calle todos los días. Entre lágrimas, mi madre amaga interponerse, pero el cana la planta en el lugar con un gesto.
En la calle el sol me pega de lleno en los ojos. Medio encandilado veo a los vecinos, vecinos de toda la vida, con los ojos clavados en los míos, me miran raro, como enojados, pero no me sostienen la mirada. Parece que les diera miedo, no me saludan ni dicen nada. El cana de bigotes me empuja y yo los miro por encima de su hombro. Todos los ojos en silencio sobre mí. No les da vergüenza estar viéndome como si fuera una cosa. Me miran y no les importa nada, ni lo que pienso, ni lo que pasó, si es que pasó algo. No les importa mi vieja, que está ahí en la puerta llorando, no les importa nada. Lechosos asquerosos. No va a faltar alguno que corra a contarle a mi padre en cuanto el auto arranque y me lleve. El de bigotes se me sienta al lado y el otro se pone al volante, parece que ya nos vamos para la comisaría.
Justo antes de salir miro hacia la casa de enfrente, la de mi otra chiquita. Tiene la persiana baja, pero seguro que está ahí detrás, vichando por entre las rendijas. No sale porque estuvimos juntos y supone que todos lo saben, o capaz tiene miedo de que se den cuenta, de que se enteren de nosotros, con más razón ahora, que me lleva la policía. No es bueno haber estado con alguien que se lo llevan, y menos acá, en este pueblo chico. Pero capaz no le importa, capaz ahora se entusiasma más todavía, hay chicas a las que les gusta estar con tipos así. Ésta es medio rara, ya me di cuenta desde el principio. Pero ahora va a tener que esperar a que me suelten, pero total, si algo le sobra es tiempo, que empezó de pequeñita, la pequeñita. Si no hubiera venido la cana a buscarme, capaz que en un rato estaba rumbeando para el campo con ella.


Linda tarde, las nubes flotan despacio, gordas, blancas, rozagantes. Una de ellas se detiene frente al agujero que hace las veces de ventana de la celda. Tal vez sea la misma de aquél día en que, como era habitual, escapó de su casa, con el sol de antes de las doce pegando de lleno. Había pedaleado unas buenas cuadras antes de echarse de espaldas sobre el trigo, a un costado del camino.
Ahí me gustaba, quedaba bien oculto por la altura de las espigas, ni manera de que me vieran. Mi padre, si alguna vez hubiera querido salir a buscarme, habría vuelto a casa con las manos vacías. Justo desde esa posición lo vi venir al viejo por primera vez.
Era un mediodía agobiante cuando contempló, por entre las plantas de cereal, la espalda flaca del viejo que se alejaba hasta perderse. El viejo le caía natural al sendero, demasiado natural. Parecía un árbol seco, o el camino mismo, puesto a andar. Su cercanía lo inquietaba, le daba miedo. Entonces se lo imaginaba bien muerto, tirado entre los árboles, con las moscas meta volarle encima, seco y duro, como cuando se moría un perro o un gorrión.
En un par de minutos se le perdió de la vista sin haber notado su presencia, tan bien oculto se encontraba entre el sembrado. La nube, por el contario, se mostraba reluciente, suspendida justo arriba de él y a la vista de quien quisiera. Era tan blanca y brillante que los pocos bordes grises que mostraba lo entristecían. Pero él se sentía atraído, casi hipnotizado, por las bullas inmaculadas plenas de luz. La miraba tan fijo que olvidaba incluso dónde se encontraba. Y el silencio del campo, con el siseo de la brisa sobre el trigal, parecía elevarlo hasta empaparse de nube, hasta quedar suspendido en ella. Ahí mismo, sin dejar de mirarla, se quedó dormido.


Desde siempre, toda la vida, que yo recuerde, el viejo se cruzaba el pueblo hacia el mismo lugar: la carpintería de mi padre, donde trabajaba. Mi padre lo trataba bien, a veces hasta se le arrimaba para hablar, le daba un par de indicaciones y después, prontito antes de volver para el fondo del taller, le preguntaba cómo andás. A mí, que yo recuerde, nunca me preguntó cómo andás. Yo, de chico, lo veía enorme y de mirada mala, agresiva. Lo observaba sin que él me viera, escondido entre los tablones de madera apilados por todos lados. Yo a veces me pasaba la tarde ahí, si alguien se daba cuenta no me prestaba atención. A veces él me descubría, ahí abajo, agachado, y me clavaba los ojos sin cambiar la cara ni decir nada. Yo me quedaba medio asustado, medio no sabiendo si estaba enojado conmigo, si le molestaba que estuviera ahí o si no me había visto. Como él siempre estaba pensando en alguna otra cosa, aunque hubiera cruzado la mirada con vos, nunca sabías si te había visto o no.


Mi padre.
Alto, pelado, siempre nervioso, con una panza en forma de huevo apretada por el cinturón negro de cuero. La hebilla del cinturón era de metal, pesada. Y dolía.
-Si no vas a venir a trabajar, tenés que estudiar, -me decía-. Y si no, no sé, jodete, quedate por ahí nomás, morite de hambre, a mí que mierda me importa. Y vos, mujer, dejalo, no le pasa nada, ya es así, no te querés convencer.
-Pero mirá que..., -intentaba mi madre.
-No me jjodasss -le siseaba él, con los dientes apretados, el puño cerrado, un vaso con vino en la otra mano y el tufo a alcohol, cigarro y comida flotando entre los dientes.
-Me voy a la carpintería. Dejalo, que se pierda, que ande por ahí, que haga lo que quiera, a mí que me importa. Que se pierda, dejalo.
Y la mujer lo dejaba, porque parece que no había nada que hacer. Y el padre salía nomás, rumbo al bar o a la carpintería, a ocuparse de sus asuntos.

Una vez, en la carpintería, mi viejo estaba enfurecido, no me acuerdo por qué. Me pasó por al lado cuando yo, para variar, estaba escondido entre dos montones de madera. Le quise decir algo porque pensé que venía contra mí, pero apenas abrí la boca pegó de repente y con todas sus fuerzas, con un listón que traía en la mano, sobre una pila de maderas justo al lado de de donde yo estaba. El ruido fue terrible y otro hombre que trabajaba en la carpintería se vino de un salto porque sabía que yo andaba por ahí y creyó que mi padre me había matado de un golpe. De un golpe seco y rápido, para no fallar, para que no se le escape. Como a una cucaracha.


El viejo.
Se despertaba cada mañana en una habitación casi de tierra, junto al parco ladrido de sus perros. Ellos le caminaban en círculos apenas habría un ojo, pero él no les prestaba atención, no les regalaba una mirada siquiera. Saltaba de la cama de un solo movimiento para clavarse en el piso como un cuchillo, flaco, tenso, firme y descalzo sobre el suelo. Apuntaba de perfil contra el calor, al emprender el camino.


Yo.
Toda la vida dormí como un animal. Me desmayaba apenas al acostarme para abrir los ojos, como quien vuelve de la nada, por la mañana. Pero con todo este asunto comenzaron los sueños. Es curioso, desde que estoy encerrado no volví a tenerlos y puedo dormir mejor, como Dios manda, diría. Eran sueños raros. Primero estaban los cuerpos, de olor a tierra seca, muertos, con los rostros hundidos por los golpes. Había uno distinto cada noche, tirado sobre el polvo, en medio del sendero. Con el cadáver a mis pies, yo barría con la mirada todo alrededor: el comienzo del camino, allá donde termina (o empieza) el pueblo, los sembrados a izquierda y derecha, el brillo caliente y ondulado, apenas visible, de la ruta, y más allá, apagado por la distancia, el ladrido de unos perros. Los rostros de los cuerpos, por lo poco que se podía distinguir, me resultaban desconocidos. Al tiempo la cosa cambió: había una completa oscuridad, oía gemidos rítmicos y uno y otro y más golpes secos. Había olor a transpiración y a sangre. Yo sentía los brazos cansados y me dolían los nudillos. Después, los golpes paraban y de nuevo el silencio. Yo buscaba un rostro entre mis puños, o debajo de mí..., pero nada.
Me despertaba angustiado e inquieto. No sé si estos sueños serán algo común a mi edad. Aparecieron, creo, poco después de que el viejo flaco me encontrara con ella que ahora está muerta y a mí, desnudos en el trigal. Todavía me parece escuchar el revuelo de trinos. Hay por aquí montones de pájaros pero, en mis sueños, ahora, se escucha nada más el silencio. Salvo por los perros, que no dejan de ladrar.

.
Dormir.
Ya es la mañana y golpean la puerta de la celda, le gritan levantate, hay visita. Se despierta confuso. ¿Durmió toda la noche, o, por el contrario, la pasó en vela, con los ojos abiertos, pensando… o recordando? Ve la boca de ella que ríe, hay sangre en un labio y en un hilo de piel clara, la habré mordido; se ve plácida. Y ve al viejo, ¿qué hace ahí con nosotros, aparecido de la nada?


-Hijo, ¿no vas a recibirme?, el rostro de la madre, una tristeza, lo saluda; pesada puerta del encierro se ha ocluido detrás.
-¿Alguna novedad de ella?
- No, hijo, no aparece -casi que lagrimea, no lo mira, se frota el muslo con la mano-.
Él la contempla (que raro verla parada acá en medio de mi celda y no en su cocina, frente a las ollas)
-Te van a sacar, hijo, porque no encuentran nada.
(¿Nada...? ¿Pero cómo?) –Que busquen en lo del viejo, tiene que haber sido él (quiero que venga mi padre),…creo.
La madre se inclina aun más y reprime una pregunta en medio del sollozo.
-Mi padre, que venga, quiero hablarle,
- No (tu padre se avergüenza, no quiere verte) -ella niega con la cabeza- hijo, no sé…
-Que venga.
-No, hijo, dejalo, ya sabés cómo es.
-Si no viene, no diré nada.


Con el pecho vacío por el dolor, la mujer desanda las pocas cuadras hacia su hogar contra el silencio de los vecinos, que se interrumpen al advertirla. Su hijo tiene algo para contar, la vida se le hunde.


La cárcel.
La nube no se ha disuelto ni se ha marchado. Por el contrario, jamás ha dejado de estar presente y encierra, entre sus canales, burbujas y remolinos, las imágenes de todo lo ocurrido. Incluso ha permanecido allí, con él, frente a la pequeña ventana, para asistir a la visita, obligada, del padre.
-Padre, así que ha venido a verme.
El padre se acomoda la cintura del pantalón y aguanta en silencio, junto a la puerta, más cerca del agente que los acompaña que del hijo. Mira, inquieto, a uno y a otro.
El hijo (padre, cuánta ansiedad, ¿qué ocurre?) se aproxima y le susurra al oído, rozándole un poco la piel con los labios:
-Pude haber sido yo. O no, no lo recuerdo.
-Ahí, donde nos mandaste a ver, en lo del viejo, no hay nada –le informa el policía, complacido con la prolongación del misterio-. Nadie ha visto nada, no hay cuerpo, la tierra removida sólo ocultaba huesos de perros. Ni siquiera al viejo lo encontramos. Así que agarrá tus cosas nomás –le señala la puerta con el mentón-, t’estás yendo, quedás libre.


El padre se ha marchado solo y rápido para el taller, sin mirar hacia atrás. La madre ha preferido esperar a su hijo dentro de la casa, con el almuerzo -seguro que sustancioso, como es costumbre, a pesar del calor que no afloja-. La prisión se abre para dejarlo ir.


El sendero.
Anda con paso liviano, el pasto ha crecido bastante y está todo mucho más verde. Sale del camino para cruzar los sembrados (no han buscado bien. Seguro fueron y miraron la casa y alrededor de la casa nada más, no buscaron en la parte de atrás, más allá, por donde no queda nada).
La luz escasea, el sol ya atraviesa la línea del horizonte en su viaje de cada día hacia nuevas regiones. Las formas abandonan su nitidez diurna y se agregan al aire para esconder su presencia.
El rancho vacío del viejo, apenas visible, queda atrás. El campo es la noche, una oscuridad coronada por el zumbido de miles de chicharras que jamás se dejan ver.
El trigo se tuerce a su paso, cada vez más lento por la penumbra. Por fin, entre una mata de arbustos, encuentra lo que busca. Sus ojos sonríen al vislumbrar los cuerpos del viejo y la niña, golpeados y lastimados, uno junto al otro, desnudos y lejos de todo.


Silencio.
Se aparta del lugar y se deja caer de espaldas sobre el suelo. El viejo no va a ir más a la carpintería. Já, capaz que ahora empiezo a ir yo. La nube blanca, única señal de su presencia, flota justo arriba.
Tal como siempre, sin dejar de mirarla, se queda dormido.
FIN

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